(Fuente de la noticia Religión en Libertad)
Después de afirmar, en artículos precedentes, que existe una verdad que el poder no puede fabricar y que la historia no pertenece a los vencedores del momento sino a Jesucristo, todavía queda un paso por dar. Un paso decisivo. Porque la verdad puede ser reconocida y, sin embargo, no estar asumida; y Cristo puede ser confesado como Señor de la historia sin que se comprenda todavía de qué modo reina. El mundo moderno tolera mal la ley natural, porque le impide inventar la realidad; y tolera aún peor la soberanía de Cristo, porque le niega la última palabra sobre el sentido de la historia. Pero hay algo que le resulta todavía más insoportable: que ese reinado no se ejerza desde la pura fuerza, sino desde una herida que quiere llegar a cada corazón.
Ese es, en el fondo, el gran escándalo del Sagrado Corazón. No se trata de una devoción blanda para sensibilidades religiosas ni de una reliquia afectiva del pasado. Se trata de la forma concreta en que la realeza de Cristo se deja contemplar en la historia, como un corazón traspasado, como el Cordero que permanece degollado hasta la consumación del mundo. El centro del universo no es una idea abstracta, ni una energía impersonal, ni una mayoría parlamentaria, ni un algoritmo que administra deseos. El centro de lo real es un Corazón humano, vivo y traspasado: el Corazón del Verbo encarnado. Y esto cambia por completo el sentido de cada existencia.
Las llagas que el mundo no puede entender
El poder contemporáneo solo reconoce dos lenguajes: la imposición o la gestión. O domina por coacción abierta, o controla por seducción técnica. Por eso no entiende la lógica cristiana. Sospecha de una autoridad que no nazca del miedo o de la fuerza, de una victoria que proceda de la obediencia, de una soberanía que no necesite consignas falsas para mantenerse. Mucho menos comprende que el trono desde el que Cristo reina sea precisamente el lugar en el que fue herido. Para el mundo moderno, la herida es flaqueza; para el cristianismo, la herida es posibilidad de redención.
La cruz no fue un fracaso provisional a la espera de una rectificación posterior, sino el medio elegido por Dios para manifestar su amor. Porque Dios no salva retirando la carne del campo de batalla, sino encarnándose en ella hasta la muerte. No redime como las ideologías, anulando el sufrimiento desde fuera, sino atravesándolo desde dentro mientras lo dota de sentido. Y por eso, el Corazón abierto de Cristo no es un detalle piadoso añadido al Evangelio, sino la manifestación suprema del modo en que Dios ha querido redimir al mundo. Ahí se ve que el amor de Dios no es una simpatía vaga hacia la criatura, sino una donación íntima, irrevocable y soberana. Una fidelidad que sobrepasa los límites de nuestra comprensión. Ahí se ve también que el amor no se impone, sino que se ofrece con una humildad que acepta la herida de la contradicción: la de aquellos que renegarán obstinadamente de Él hasta el final, mientras su Amor desea que no se pierda ni uno.
El totalitarismo moderno, en cambio, no soporta las llagas del pecado que el hombre histórico arrastra porque no conoce ni el amor ni la misericordia, ni mucho menos entiende una posible conversión del corazón. Sólo ensalza aquellas heridas que puede instrumentalizar para sus fines. Cura unas para producir otras; otorga mientras mutila; invoca derechos mientras vacía al hombre de sentido. Abusa de la fragilidad, pero sin redimirla. Quiere rehacer la naturaleza humana sin reconocer ni el pecado original ni los pecados personales. Y así produce una falsa reparación: exterior, burocrática, colectiva, a veces violenta y, casi siempre, inicua.
No basta con la ley: hace falta el Corazón
La ley natural sigue siendo necesaria, porque recuerda que existen bienes, fines y límites inscritos en la realidad misma. Y la visión cristiana de la historia sigue siendo imprescindible, porque recuerda que todo comparece ante Cristo. Pero, si nos detuviéramos ahí, todavía quedaría en pie una tentación de abstracción. Podríamos acabar defendiendo el orden sin amar a Aquel en quien el orden subsiste. Podríamos hablar del Logos sin reconocer que ese Logos tiene carne humana, llagas dolientes y Corazón que suspira por cada uno de nosotros.
Por eso, la devoción al Sagrado Corazón introduce algo más que un matiz espiritual: introduce la verdad entera de la Encarnación en el combate cultural. Nos obliga a recordar que la estructura moral de lo real no es fría; que el fundamento del ser no es impersonal; que el juicio de Dios no es el automatismo de una ley ciega. En el Corazón de Cristo, la verdad aparece inseparable del amor, y el amor aparece inseparable de la verdad. Sin ese Corazón, la moral degenera en moralismo y la ley se experimenta como carga exterior. Con él, en cambio, la obediencia a la realidad puede convertirse en acto filial: no mera sumisión a una norma, sino respuesta amorosa a una filiación personal.
Esto es lo que el hombre moderno ni entiende ni soporta. Aceptaría mejor un cristianismo reducido a ética privada o a consuelo sentimental. Incluso toleraría, en parte, una metafísica elevada mientras no reclamase consecuencias. Lo que no puede aceptar es que el centro de la realidad sea un Amor traspasado por nuestras miserias, pero con derecho a reinar; un Amor que no se limita a consolar en el desastre, sino que juzga a sus actores, reclamando conversión y poniendo límites al César, al mercado y a las ideologías.
Reparar no es maquillar el desorden
Desde aquí se entiende mejor la Reparación. Reparar no es mirar al pasado con nostalgia ni organizar una estética religiosa de la resistencia. Tampoco consiste solo en multiplicar actos devocionales, aunque estos tengan su lugar. Reparar es reconocer que la herida del mundo no se cura negándola, rebautizándola o legislándola, sino volviendo al Corazón que ha querido cargar con ella. Es reconocer que cada vez que negamos la verdad del hombre, cada vez que llamamos derecho a lo que degrada, cada vez que entregamos la inocencia al deseo o a la técnica, cada vez que pecamos personalmente no solo alteramos un equilibrio social: volvemos a abrir en la historia la herida que Él ha querido cargar sobre sí para cerrarla.
La reparación cristiana comienza donde termina la impostura: en la confesión de la culpa, en la conversión del corazón, en la disciplina de la verdad y en el cuidado humilde del prójimo en lo físico, en lo psíquico y en lo espiritual. Por eso es profundamente antiideológica. No parte de la ilusión de que el mal está siempre fuera, en las estructuras, en las tradiciones, en los otros, en los adversarios. Sabe que el campo de batalla pasa sobre todo por el propio corazón. Sabe que no hay regeneración pública estable sin hombres interiormente restaurados. Y sabe, además, que esa restauración no nace de un voluntarismo vehemente, sino de la gracia acogida, de la oración, de los sacramentos, de la caridad, cauce necesario para una vida progresivamente configurada con Cristo.
Solo así la reparación deja de ser consigna y se convierte en forma de existencia. Solo así la verdad vuelve a encarnarse. Solo así el cristiano deja de resistir como quien simplemente protesta y comienza a resistir como quien se da desde una realidad que le trasciende y que lo transforma todo. Solo así la reparación es corredención.















0 comentarios