(Artículo de Agustín Giménez González, coordinador del Foro Mariano Diocesano de la Diócesis de Getafe)
El papa León XIV, con la elección de su nombre, nos ha hecho a todos volver la mirada a los grandes Papas que han llevado este nombre, y que, sin duda, inspirarán su pontificado. Entre ellos sobresalen el primero, san León Magno (440-461), y el último, León XIII (1878-1903), sin olvidar a san León III (795-816), san León IV (847-855), san León IX (1049-1054), León X (1513-1521) o León XII (1823-1829). Todos ellos tienen en común haber hablado sobre la Virgen María en su Magisterio. Ahora bien, León XIII sobresale entre todos ellos en este aspecto, manifestando un amor desbordante por María Santísima. Prácticamente todos los años de su pontificado —y fue muy largo— publicó algún documento en honor de Nuestra Señora[1].
León XIII tenía una verdadera pasión por el rezo del rosario, e insistía continuamente a las familias a que lo rezasen, especialmente en cada mes de octubre. Solía aprovechar ese mes para publicar un documento sobre María y pedir sobre todo a los padres de familia a que fuesen los primeros en rezarlo con su esposa e hijos, venciendo cualquier tipo de excusas: que si es una devoción propia solo de mujeres y niños, que si no tienen tiempo, que si llegan agotados tras una intensa jornada de trabajo … etc. Exhortaba a tiempo y a destiempo a acudir a María, pues lo consideraba lo más importante de todo. En carta encíclica sobre el rosario del 22 de septiembre de 1891, Octobri mense, lo subraya, al tiempo que se lamenta por los que critican el culto a María:
De ningún otro lugar, si no ciertamente de la fe divina, puede venir este impulso arrollador que suavemente nos atrae y nos empuja hacia María, tanto que no hay nada más importante y más bienvenido que confiarnos a su protección y asistencia. Poner en Ella proyectos y obras, pureza y arrepentimiento, alegrías y tristezas, oraciones y promesas, en fin, todo lo nuestro, con serena y confiada esperanza […]. Tan grande es el consuelo del alma por la verdad y dulzura de estas cosas, cuanto lo es la tristeza al pensar en aquellos que, faltos de fe, no veneran ni consideran a María como su Madre. Más nos duele la miseria de aquellos que, siendo partícipes de la fe, se atreven a reprochar a los buenos el rendir excesivos y exagerados honores a María: por eso traicionan profundamente ese sentimiento de amor que deberían tener como hijos (nº 11).
Algunos miembros del pueblo cristiano se sorprendían de tanta insistencia por parte del Papa, año tras año, a acudir a María. En su enésima encíclica sobre el rezo del rosario, León XIII alude al objetivo de su insistencia: “Y nos daremos por muy satisfechos si con nuestras exhortaciones logramos que todos los fieles se enardezcan en un arraigado amor a María, y que puedan decirse de cada uno aquellas palabras que san Juan escribió de sí mismo: «La recibió el discípulo como suya»” (Augustissimae Virginis, 12 de septiembre de 1897).















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